El neurocientífico Anders Sandberg describir el modo de realizar barridos (o escanéos) de secciones ultradelgadas de cerebro. Primero, se embebe el cerebro en plástico, y luego se usa una cámara combinada con un haz de rayos láser y un filo de diamante para capturar imágenes del tejido a medida que se va cortando.
El método se está desarrollando (en ratones hasta el momento) para entender mejor la arquitectura del cerebro. Pero Sandberg, que trabaja en la Universidad de Oxford, tiene en mente un objetivo más ambicioso. Para él, este trabajo es simplemente el primer paso hacia la lectura y posterior almacenamiento de los contenidos del cerebro humano – recuerdos, emociones, y todo lo demás – en una computadora.
Esta es la sesión de apertura de la novena edición de la reunión anual de la Asociación Mundial de Transhumanistas (WTA) en Chicago. Sandberg y sus compañeros transhumanistas planean esquivar a la muerte empleando tecnologías tales como la inteligencia artificial, la ingeniería genética y la nanotecnología para acelerar radicalmente la evolución humana, logrando finalmente la fusión entre hombres y máquinas para hacernos inmortales. Este objetivo aún no es posible, razonan los transhumanistas, pero si logran vivir lo suficiente – unas pocas décadas quizás – la tecnología seguramente lo permita.
A muchos, estas ideas les asustan seriamente, y los transhumanistas han sufrido ataques por poner en peligro el futuro de la humanidad. ¿Qué pasa si terminan creando una raza elitista de superhumanos dispuesta a esclavizar a las masas de no modificados? ¿Qué sucedería si programasen un ejército de nanobots autoreplicantes que nos transforman a todos en cieno gris? En 2004, el científico político Francis Fukuyama afirmó que el transhumanismo era “la idea más peligrosa del mundo”.
Ahora, este movimiento a pequeña escala intenta convertirse en una corriente importante. El número de miembros de la WTA ha subido de 2.000 a casi 5.000 durante los pasados siete años, y los grupos de estudiantes transhumanistas han florecido por los campus universitarios, desde California hasta Nairobi. La idea ha atraído a una serie de seguidores poderosos que la respaldan, incluyendo a Peter Thiel, cofundador de PayPal, quien recientemente donó 4 millones de dólares para la causa, y el productor musical Charlie Kam, que pagó los costes de la conferencia en Chicago. Por primera vez, la organización ha reclutado a celebridades para las conferencias, por ejemplo el actor y ecologista Ed Begley Jr y el veterano de Star Trek William Shatner.
Otros participantes famosos aparecen también en la lista, incluyendo al desarrollador de Inteligencia Artificial Ben Goertzel, al biólogo especializado en longevidad Aubrey de Grey y al futurista Ray Kurzweil, profeta oficioso del grupo. Kurzweil ha causado recientemente un gran revuelo con su best seller “La singularidad está cerca”, que explora lo que sucede cuando nuestra tecnología se vuelve más inteligente que nosotros. Con los transhumanistas deseando atraer a las masas a su causa, he venido a Chicago para descubrir si se merecen su peligrosa reputación.
Salvar a la humanidad
No parecen demasiado amenazadores, aunque tal vez tampoco sean demasiado diversos. La mayoría de los miembros de la WTA son hombres blancos y de mediana edad, aunque el secretario de esta organización y anterior monje budista James Hughes (véase el ensayo “¿El fin de la Tierra?“) espera atraer a un espectro más amplio de población subrayando los objetivos democráticos de la organización. La WTA insiste en que toda nueva tecnología debe usarse de manera justa y ética y siguiendo los tratados globales que regulan el progreso. Algunos transhumanistas hacen campaña por el acceso igualitario al sistema de salud y para proteger la nueva tecnología.
El teórico de la Inteligencia Artificial (IA) Eliezer Yudkowsky también cree que el movimiento se ve dirigido por un imperativo ético. Estima que la creación de una inteligencia artificial superhumana es la mejor oportunidad que los hombres tienen para solucionar sus problemas: “Decir que la IA salvará el mundo, o curará el cáncer, suena mejor que decir ‘No se qué es lo que va a pasar’”. Yudowsky cree que es crucial crear una super-inteligencia “amistosa” antes de que alguien cree (a propósito o no) una malévola. “Más tarde o más temprano alguien va a crear esta tecnología”, comenta. “Si se consigue crear de forma chapucera un ente con IA capaz de auto-perfeccionarse, podríamos vernos en grandes problemas”.
El tema de la salvación de la humanidad continúa con presentaciones sobre cyborgs, criónica y la aparición de una IA bebé en el mundo virtual Second Life. También se habla de tácticas de vigilancia para detener a los tecno-terroristas y se sugiere una solución para la explosión demográfica: cargar a 10 millones de personas en un chip de computadora de 50 céntimos. Se tienden a olvidar los asuntos más inmediatos a los que se enfrenta la humanidad, por ejemplo: la pobreza, la contaminación y la devastación de la guerra.
Descubro el lado menos igualitario de la comunidad transhumanista cuando me encuentro con Marvin Minsky, el octogenario artífice de las redes neurales artificiales y confundidor del laboratorio de IA en el Instituto Tecnológico de Massachussets (MIT). “Los ciudadanos ordinarios no sabrían que hacer con la vida eterna”, comenta Minsky. Minsky argumenta: “las masas no tienen objetivos o propósitos claros. Solo los científicos, que trabajan sobre problemas cuya solución podría requerir de décadas, apreciarían la necesidad de extender su vida”.
Minsky también está incondicionalmente en contra de regular el desarrollo de las nuevas tecnologías. “Los científicos no deberían tener responsabilidades éticas por sus inventos, deberían ser capaces de hacer lo que quieran”, comenta. “No debería pedírseles que tuvieran los mismos valores que otras personas”.
El movimiento transhumanista se ha visto enfrentado a lo largo de los últimos años con discusiones internas muy duras entre demócratas como Hughes, y liberales como Minsky. ¿Logrará la charla de Kurzweil unir a las facciones enfrentadas? En la reunión del último día, el diminuto hombre de 59 años sube a la palestra, con sus gafas de carey, su utilitario traje azul y un reloj de Mickey Mouse. Kurzweil ofrece una nueva solución posible para los dilemas del día a día, tales como paneles solares creados con nanoingeniería para librar al mundo de su adicción a los combustibles fósiles. Pero no está de acuerdo con los programas financiados por los contribuyentes, tales como la atención médica universal, y tampoco con la regulación sobre las nuevas tecnologías. Además Kurzweil cree que ni siquiera las prohibiciones estrictas bastarán para controlar o retardar el fin de la humanidad tal y como la conocemos.
“La gente dice algunas veces: ‘¿Es que vamos a permitir que aparezcan los transhumanos y la inteligencia artificial?’, comentó Kurzweil a su audiencia. “Bueno, no recuerdo que se hiciera una votación sobre si debería existir Internet”.
Mostrando entradas con la etiqueta Transhumanismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Transhumanismo. Mostrar todas las entradas
domingo, 20 de septiembre de 2009
domingo, 6 de septiembre de 2009
Críticas sobre las repercusiones en el orden social
Críticas a la posible trivilización de la existencia humana
En el libro de 2003 Enough: Staying Human in an Engineered Age, el ético ambientalista Bill McKibben argumentó extensamente contra buena parte de las tecnologías apoyadas por los transhumanistas, incluyendo la elección en la línea germinal, la nanomedicina y las estrategias de prolongación de la vida. Aseguraba que estaría moralmente mal que los humanos modificaran aspectos sustanciales de sí mismos (o de sus hijos) en un intento de superar limitaciones universales como el envejecimiento, la mortalidad, y la limitación biológica de las habilidades cognitivas o físicas. Los intentos de mejorarse a sí mismos a través de tal manipulación conllevarían eliminar las barreras que forman el necesario contexto de la experiencia humana y su libertad de elección. Argumenta que en un mundo donde tales limitaciones hubieran sido superadas por la tecnología, la vida humana habría dejado de tener sentido. Debería incluso renunciarse, según McKibben, al objetivo de la elección parental en la línea germinal con objetivos claramente terapéuticos, puesto que de permitirse no tardarían en surgir tentaciones de llevar la modificación a terrenos como el de las capacidades cognitivas. McKibben afirma que es posible que una sociedad renuncie voluntariamente a ciertas tecnologías y pone por ejemplo la China Ming, el Japón Tokugawa y a los actuales Amish.[71]
Los transhumanistas y otros partidarios de la modificación tecnológica de la biología humana, tales como el periodista científico Ronald Bailey, rechazan, por extremadamente subjetivas, las afirmaciones de que la vida sería percibida como carente de sentido si algunas de las limitaciones humanas fueran superadas gracias a las tecnologías de perfeccionamiento humano. Desde su punto de vista, dichas tecnologías no eliminarían el grueso de los retos a los que se enfrentan el individuo y la sociedad. Sugiere que una persona con mayores capacidades se enfrentaría a mayores y más complejos retos, y continuaría encontrando un sentido en la lucha por superarlos y alcanzar la perfección. Bailey también argumenta que los ejemplos históricos de McKibben son equívocos y que llevan a distintas conclusiones cuando se estudian con detenimiento.[72]
Críticas al desigual acceso a la tecnología [editar]
Algunos autores críticos con la corriente del transhumanismo libertario se han centrado en las consecuencias socioeconómicas que estas tecnologías tendrían sobre sociedades con crecientes desequilibrios en la renta. Bill McKibben, por ejemplo, sugiere que las tecnologías de perfeccionamiento humano estarían desproporcionadamente a disposición de aquellos con más recursos financieros, ampliando, por tanto, la brecha entre ricos y pobres y creando una brecha genética.[71] Lee Silver, biólogo y divulgador científico que acuñó el término reprogenética y que ha apoyado sus aplicaciones, ha mostrado, no obstante, su preocupación de que tales métodos podrían crear una sociedad profundamente dividida entre los que tienen acceso a tales tecnologías y los que no, si las reformas de carácter socialdemócrata continúan sin ir al paso del avance tecnológico.[73] Los críticos que expresan tales preocupaciones no aceptan necesariamente la tesis transhumanista de que la modificación genética sea un valor positivo; al parecer de algunos, debería ser desanimada, o incluso prohibida, puesto que dotaría de aún más poder a aquellos que ya son poderosos.
Estas críticas también son compartidas por los transhumanistas no-libertarios, especialmente los denominados transhumanistas democráticos en el seno de la WTA, que creen que los problemas sociales y ecológicos deben ser tratados mediante una combinación de reformas políticas y tecnológicas (tales como una renta básica universal o las energías alternativas). Por tanto, el bioético James Hughes, en su libro Citizen Cyborg: ¿Por qué las sociedades democráticas deben responder ante el hombre rediseñado del futuro? considera que los progresistas y en especial los tecno-progresistas deben formular y aplicar políticas públicas (tales como bonos de sanidad pública universal que cubran las tecnologías de perfeccionamiento humano) con el objetivo de atenuar la división causada por la disparidad en el acceso a las tecnologías emergentes, en lugar de sencillamente decidir prohibirlas. Esta última opción, argumenta, sería aún más peligrosa, pues podría agravar el problema, originando una situación en la que estas tecnologías solo estarían a disposición de los ricos, bien en el mercado negro o en países donde dicha prohibición no se aplicase.[23]
Críticas sobre las repercusiones en el orden social [editar]
Se han argumentado varios motivos por los que una sociedad que adoptase tecnologías de perfeccionamiento humano podría acercarse a la distopía descrita en la novela Un mundo feliz de Aldous Huxley (1932). Ciertos autores, como Leon Kass, han mostrado su miedo a que las prácticas y las instituciones que consideramos fundamentales en una sociedad civilizada serían perjudicadas o destruidas.[74] En su libro de 2002 Our Posthuman Future, y en un artículo publicado en el 2004 en la revista Foreign Policy, el economista político y filósofo Francis Fukuyama se refiere al transhumanismo como una de las ideas más peligrosas del mundo puesto que, según él, podría minar los fundamentos igualitaristas de la democracia liberal a través de lo que llama la pérdida de un Factor X consustancial a la "naturaleza humana".[2] Por su parte, el filósofo social Jürgen Habermas usa un argumento similar en su libro de 2003 The Future of Human Nature, en el cual afirma que la autonomía moral depende de la no-dependencia de las decisiones unilaterales externas. Habermas afirma por tanto que la ética de la especie humana se socavaría mediante las modificaciones genéticas en el embrión.[75] Los críticos como Kass, Fukuyama, y varios autores cristianos mantienen la postura de que intentar modificar la biología humana no solo es intrínsecamente inmoral sino que supone una grave amenaza al orden social. En consecuencia afirman que la aplicación de dichas tecnologías llevaría a la naturalización de las jerarquías sociales o a facilitar nuevos métodos de control social en manos de regímenes totalitarios. El pionero de la inteligencia artificial Joseph Weizenbaum critica lo que considera tendencias misantrópicas en las ideas y en el lenguaje de algunos de sus colegas, en concreto en Marvin Minsky y Hans Moravec, que, al devaluar la importancia del organismo humano per se, apoyan un disurso que podría abrir el camino a políticas sociales segregantes o antidemocráticas.[76]
En un artículo publicado en el 2004 por la revista Reason, el libertario Ronald Bailey contestó los supuestos de Fukuyama argumentando que la igualdad política nunca ha estado basada en la biología humana. Afirma que el liberalismo no se asienta sobre la idea de la igualdad efectiva entre los seres humanos sino sobre la igualdad de derechos políticos ante la ley, constituyendo una igualdad de jure. Bailey indica que los efectos de la ingeniería genética bien podrían atenuar las desigualdades en lugar de exacerbarlas, poniendo a disposición de la mayoría lo que solía ser el privilegio de unos pocos. Desde este punto de vista, el liberalismo político constituye ya el marco para la solución de los derechos humanos o posthumanos, puesto que en tales sociedades la ley no distingue entre potenciales adquisitivos, educativos o genéticos.[3]
En el libro de 2003 Enough: Staying Human in an Engineered Age, el ético ambientalista Bill McKibben argumentó extensamente contra buena parte de las tecnologías apoyadas por los transhumanistas, incluyendo la elección en la línea germinal, la nanomedicina y las estrategias de prolongación de la vida. Aseguraba que estaría moralmente mal que los humanos modificaran aspectos sustanciales de sí mismos (o de sus hijos) en un intento de superar limitaciones universales como el envejecimiento, la mortalidad, y la limitación biológica de las habilidades cognitivas o físicas. Los intentos de mejorarse a sí mismos a través de tal manipulación conllevarían eliminar las barreras que forman el necesario contexto de la experiencia humana y su libertad de elección. Argumenta que en un mundo donde tales limitaciones hubieran sido superadas por la tecnología, la vida humana habría dejado de tener sentido. Debería incluso renunciarse, según McKibben, al objetivo de la elección parental en la línea germinal con objetivos claramente terapéuticos, puesto que de permitirse no tardarían en surgir tentaciones de llevar la modificación a terrenos como el de las capacidades cognitivas. McKibben afirma que es posible que una sociedad renuncie voluntariamente a ciertas tecnologías y pone por ejemplo la China Ming, el Japón Tokugawa y a los actuales Amish.[71]
Los transhumanistas y otros partidarios de la modificación tecnológica de la biología humana, tales como el periodista científico Ronald Bailey, rechazan, por extremadamente subjetivas, las afirmaciones de que la vida sería percibida como carente de sentido si algunas de las limitaciones humanas fueran superadas gracias a las tecnologías de perfeccionamiento humano. Desde su punto de vista, dichas tecnologías no eliminarían el grueso de los retos a los que se enfrentan el individuo y la sociedad. Sugiere que una persona con mayores capacidades se enfrentaría a mayores y más complejos retos, y continuaría encontrando un sentido en la lucha por superarlos y alcanzar la perfección. Bailey también argumenta que los ejemplos históricos de McKibben son equívocos y que llevan a distintas conclusiones cuando se estudian con detenimiento.[72]
Críticas al desigual acceso a la tecnología [editar]
Algunos autores críticos con la corriente del transhumanismo libertario se han centrado en las consecuencias socioeconómicas que estas tecnologías tendrían sobre sociedades con crecientes desequilibrios en la renta. Bill McKibben, por ejemplo, sugiere que las tecnologías de perfeccionamiento humano estarían desproporcionadamente a disposición de aquellos con más recursos financieros, ampliando, por tanto, la brecha entre ricos y pobres y creando una brecha genética.[71] Lee Silver, biólogo y divulgador científico que acuñó el término reprogenética y que ha apoyado sus aplicaciones, ha mostrado, no obstante, su preocupación de que tales métodos podrían crear una sociedad profundamente dividida entre los que tienen acceso a tales tecnologías y los que no, si las reformas de carácter socialdemócrata continúan sin ir al paso del avance tecnológico.[73] Los críticos que expresan tales preocupaciones no aceptan necesariamente la tesis transhumanista de que la modificación genética sea un valor positivo; al parecer de algunos, debería ser desanimada, o incluso prohibida, puesto que dotaría de aún más poder a aquellos que ya son poderosos.
Estas críticas también son compartidas por los transhumanistas no-libertarios, especialmente los denominados transhumanistas democráticos en el seno de la WTA, que creen que los problemas sociales y ecológicos deben ser tratados mediante una combinación de reformas políticas y tecnológicas (tales como una renta básica universal o las energías alternativas). Por tanto, el bioético James Hughes, en su libro Citizen Cyborg: ¿Por qué las sociedades democráticas deben responder ante el hombre rediseñado del futuro? considera que los progresistas y en especial los tecno-progresistas deben formular y aplicar políticas públicas (tales como bonos de sanidad pública universal que cubran las tecnologías de perfeccionamiento humano) con el objetivo de atenuar la división causada por la disparidad en el acceso a las tecnologías emergentes, en lugar de sencillamente decidir prohibirlas. Esta última opción, argumenta, sería aún más peligrosa, pues podría agravar el problema, originando una situación en la que estas tecnologías solo estarían a disposición de los ricos, bien en el mercado negro o en países donde dicha prohibición no se aplicase.[23]
Críticas sobre las repercusiones en el orden social [editar]
Se han argumentado varios motivos por los que una sociedad que adoptase tecnologías de perfeccionamiento humano podría acercarse a la distopía descrita en la novela Un mundo feliz de Aldous Huxley (1932). Ciertos autores, como Leon Kass, han mostrado su miedo a que las prácticas y las instituciones que consideramos fundamentales en una sociedad civilizada serían perjudicadas o destruidas.[74] En su libro de 2002 Our Posthuman Future, y en un artículo publicado en el 2004 en la revista Foreign Policy, el economista político y filósofo Francis Fukuyama se refiere al transhumanismo como una de las ideas más peligrosas del mundo puesto que, según él, podría minar los fundamentos igualitaristas de la democracia liberal a través de lo que llama la pérdida de un Factor X consustancial a la "naturaleza humana".[2] Por su parte, el filósofo social Jürgen Habermas usa un argumento similar en su libro de 2003 The Future of Human Nature, en el cual afirma que la autonomía moral depende de la no-dependencia de las decisiones unilaterales externas. Habermas afirma por tanto que la ética de la especie humana se socavaría mediante las modificaciones genéticas en el embrión.[75] Los críticos como Kass, Fukuyama, y varios autores cristianos mantienen la postura de que intentar modificar la biología humana no solo es intrínsecamente inmoral sino que supone una grave amenaza al orden social. En consecuencia afirman que la aplicación de dichas tecnologías llevaría a la naturalización de las jerarquías sociales o a facilitar nuevos métodos de control social en manos de regímenes totalitarios. El pionero de la inteligencia artificial Joseph Weizenbaum critica lo que considera tendencias misantrópicas en las ideas y en el lenguaje de algunos de sus colegas, en concreto en Marvin Minsky y Hans Moravec, que, al devaluar la importancia del organismo humano per se, apoyan un disurso que podría abrir el camino a políticas sociales segregantes o antidemocráticas.[76]
En un artículo publicado en el 2004 por la revista Reason, el libertario Ronald Bailey contestó los supuestos de Fukuyama argumentando que la igualdad política nunca ha estado basada en la biología humana. Afirma que el liberalismo no se asienta sobre la idea de la igualdad efectiva entre los seres humanos sino sobre la igualdad de derechos políticos ante la ley, constituyendo una igualdad de jure. Bailey indica que los efectos de la ingeniería genética bien podrían atenuar las desigualdades en lugar de exacerbarlas, poniendo a disposición de la mayoría lo que solía ser el privilegio de unos pocos. Desde este punto de vista, el liberalismo político constituye ya el marco para la solución de los derechos humanos o posthumanos, puesto que en tales sociedades la ley no distingue entre potenciales adquisitivos, educativos o genéticos.[3]
Definiendo el Transhumanismo
El Transhumanismo es tanto un concepto filosófico como un movimiento intelectual internacional que apoya el empleo de las nuevas ciencias y tecnologías para mejorar las capacidades mentales y físicas con el objeto de corregir lo que considera aspectos indeseables e innecesarios de la condición humana, como el sufrimiento, la enfermedad, el envejecimiento o incluso en última instancia la mortalidad. Los pensadores transhumanistas estudian las posibilidades y consecuencias de desarrollar y usar la tecnología con estos propósitos, preocupándose por estudiar tanto los peligros como los beneficios de estas manipulaciones.[1]
Aunque la primera vez que se usó el término transhumanismo data de 1957, el significado contemporáneo se desarrolló en la década de 1980, cuando un grupo de científicos, artistas y futuristas establecidos en los Estados Unidos empezó a organizar lo que desde entonces ha crecido hasta constituir el movimiento transhumanista. Los pensadores transhumanistas proponen que los seres humanos se transformen en seres que expandan sus capacidades hasta devenir en posthumanos.[1]
A pesar de lo reducido del número de personas que se calificarían a sí mismas como tales, las visiones transhumanistas de una humanidad futura profundamente transformada han atraído a un gran número tanto de críticos como de partidarios de todo tipo. Ha sido descrito por un enemigo declarado de sus tesis como «la idea más peligrosa del mundo»,[2] mientras que un partidario considera que es un «movimiento que personifica las más audaces, valientes, imaginativas e idealistas aspiraciones de la humanidad».[3]
Aunque la primera vez que se usó el término transhumanismo data de 1957, el significado contemporáneo se desarrolló en la década de 1980, cuando un grupo de científicos, artistas y futuristas establecidos en los Estados Unidos empezó a organizar lo que desde entonces ha crecido hasta constituir el movimiento transhumanista. Los pensadores transhumanistas proponen que los seres humanos se transformen en seres que expandan sus capacidades hasta devenir en posthumanos.[1]
A pesar de lo reducido del número de personas que se calificarían a sí mismas como tales, las visiones transhumanistas de una humanidad futura profundamente transformada han atraído a un gran número tanto de críticos como de partidarios de todo tipo. Ha sido descrito por un enemigo declarado de sus tesis como «la idea más peligrosa del mundo»,[2] mientras que un partidario considera que es un «movimiento que personifica las más audaces, valientes, imaginativas e idealistas aspiraciones de la humanidad».[3]
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
