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domingo, 20 de septiembre de 2009

Un pollo canta como una codorniz tras un implante cerebral

Un científico estadounidense logra injertar dos partes del cerebro de uno a otro ave y variar su comportamiento
La ciencia ha perdido el juicio. Y si no, que se lo pregunten al pollo recién nacido en el Instituto californiano de Neurobiología de la Jolla, en Estados Unidos.
Un investigador estadounidense le ha trasplantado parte del cerebro de una codorniz, convirtiéndolo en la nueva estrella animal del avance científico junto a la clonada oveja Dolly.
El objetivo del experimento se ha cumplido al 100% y el pollo con el nuevo cerebro emite ya el canto original de la codorniz: «¡Uit, uit, uit!». De su memoria ha desaparecido el «¡pio, pio, pio!», más propio de su especie.
Evan Balaban el científico encargado del proyecto ha logrado demostrar que los pollos no aprende ese canto exclusivamente a través de la herencia educativa de sus padres, sino por unas señales innatas procedentes del cerebro, según informa la agencia Reuter.
El pollo con las neuronas alteradas también ha heredado los movimientos de cabeza típicos de la codorniz al cantar, gracias a una complicada operación en la que dos partes del ave fueron incorporadas en el cerebro de su compañero de experimento. Para ello, hizo falta la más sofisticada ingeniería neurológica y el pulso suficiente para unir cientos de nervios cerebrales.
En un intento de no alarmar al mundo, y en pleno debate sobre la clonación humana, Balaban ha asegurado que el experimento no se puede «realizar en mamíferos, y por lo tanto, tampoco en humanos». El investigador cree que no es correcto hablar de la elaboración de animales con partes de distintas especies y perjura que ése nunca fue el propósito de su trabajo.
Las conexiones
El doctor Balaban prefiere destacar que su estudio puede servir para comprender mejor las complicadas conexiones del cerebro y la forma en la que cada parte de éste trabaja. En el futuro, según el neurobiólogo, estos avances se podrán aplicar para en el tratamiento de daños cerebrales en personas y todas aquellas enfermedades relacionadas con él.
«Si logramos entender cómo actúan las neuronas de forma distinta en relación con el comportamiento, estaremos en el camino para alterar algunas de las funciones de éstas», asegura Balaban, el Frankenstein de los animales. El estudio ha sido considerado por su autor como un gran progreso en el conocimiento de cómo las distintas partes del cerebro trabajan al unísono.
Para lograr su objetivo, Balagan se hizo una pregunta fundamental: ¿Qué partes del cerebro deben cambiarse para fijar un determinado comportamiento en el pollo?
La operación
La respuesta fue: dos, el tronco cerebral y la parte media. La operación se efectuó en un embrión de pollo de dos días. Al poco tiempo de nacer, a los 21 días de gestación, el animal comenzó a emitir los sonidos de la codorniz.
Un cántico que consiste en tres sonidos distintos y repetidos, acompañados por un movimiento de acompañamiento con la cabeza de arriba a abajo. Movimientos que el pollo realizó como si fueran propios.
En cuanto a los demás por ejemplo bostezar el Pollordiz, la última diablura científica, actúa como sus compañeros de especie.

Un filósofo convertido en “neuroteólogo” (o sobre “Dios está en el cerebro”)

o confieso, a veces leo libros siguiendo las recomendaciones de revistas. MUY INTERESANTE recomendaba “Dios está en el cerebro. Una interpretación científica de Dios y la espiritualidad humana” de Matthew Alper, Granica, mayo 2008.
El libro se lee fácil y puede recomendarse como lectura veraniega. En los capítulos 1 y 2 el autor busca convencernos de su necesidad de hacer una carrera científica (en realidad estudió Filosofía) para tratar de comprender la esencia detrás del concepto Dios, o sea, a Dios.
El capítulo 3 es una historia del universo desde el Big Bang hasta la aparición del hombre sobre la Tierra, que deja mucho que desear. Me parece que se ha visto la serie documental Cosmos de Carl Sagan, la primera edición, y ha copiado de allí todo lo que presenta. En casi 30 años han cambiado muchísimas cosas y me hubiera gustado que el autor estuviera un poco más actualizado al respecto.
El capítulo 4 se centra sobre Kant (yo hubiera trabajado más este capítulo citando también a Hegel) y el 5 sobre “Dios como palabra”. Ambos están muy flojos, pero supongo que el autor (siendo filósofo) no quiere escribir un libro sobre filosofía.
En el capítulo 6 empieza el “grano” del libro. Hay patrones de conducta universales en las diferentes cultura humanas. El autor expone su hipótesis de que dichos patrones de conducta están determinados por nuestros genes (como llorar cuando uno está triste). El capítulo 7 tratan sobre las conductas universales de la creencia en la “espiritualidad” y de la práctica de ritos religiosos. Cita a Freud y sobre todo a Jung, con su inconsciente colectivo, como aval para sus ideas.
¿Por qué nuestro cerebro tiene partes dedicadas a la espiritualidad y a la religiosidad? En el capítulo 7 el autor trata de dar las razones para ello. Básicamente “el miedo a la muerte”. El ser humano es el único animal que sabe que va a morir (todos los animales le tienen miedo a la muerte). ¿Cómo vivir con dicho miedo? La evolución a generado una “función espiritual” en nuestro cerebro que nos hace concebir que nuestro “yo” es eterno, inmortal y que nos conforta dicho miedo. El autor se recrea en el capítulo 8 en dichas ideas y en la importancia del “ego” en la percepción humana del mundo.
¿Alguna prueba empírica de que Dios está en nuestro cerebro? Ciertas experiencias “místicas” se pueden provocar mediante drogas (cap. 10); la religiosidad en gemelos que se han criado separados respecto a mellizos en las mismas circunstancias le hacen aludir a un “gen” de la religiosidad (cap. 11); las propiedades curativas de la oración sobre todo en enfermedades psicosomáticas ampliamente contrastadas en la literatura médica (cap. 12); los beneficios del ritual de la conversión religiosa, que salva a muchos “desamparados” que en otro caso deberían recurirr a un psicólogo (cap. 13); las experiencias cercanas a la muerte, que se pueden provocar con drogas (cap. 15); y la glosolalia, “hablar en lenguas desconocidas” (cap. 16), este último muy flojo. Todos estos datos, según el autor, ratifican su hipótesis “neuroteológica” o “bioteológica”.
Si la religiosidad es una necesidad humana que tenemos imbricada en nuestro genes, ¿por qué hay ateos? Igual que hay personas con mejores actitudes para la música que otras, también hay personas con mejores actitudes para la religiosidad o la espiritualidad (cap. 15). En la mayoría de los países de la OCDE el ateismo y el agnosticismo son muy numerosos, porcentajes superiores al 30% de la población, sin embargo, EEUU es la excepción que confirma la regla (más del 90% de la población se confiesa creyente en Dios). El autor trata de explicarlo aludiendo a que los inmigrantes originales buscaban en América la “libertad religiosa” que se les negaba en Europa, luego tenían el “gen de la religosidad” especialmente “desarrollado” (cap. 17).
En un libro escrito por un filósofo sobre Dios no puede faltar un capítulo sobre ”el bien y el mal” (cap. 18). El autor afirma que en su opinión hay regiones en el cerebro para lo religioso, lo espiritual y lo moral, separadas y en diferente grado de expresión en cada individuo. La componente moral es muy importante para mantener la cohesión de grupo en un animal tan social como el humano.
Los tres últimos capítulos (19-21) se dedican al siguiente problema: bien, Dios es un producto de nuestro cerebro, de nuestra evolución por selección natural como seres inteligentes y sociales, ¿y qué? ¿pasa algo? ¿afecta ello a quienes tienen fé en su existencia? Pues no. El autor considera que las sociedades modernas deberían aceptar como un hecho la necesidad humana de la religión y lo espiritual y que deberían ponerse de acuerdo todos los credos religiosos para desarrollar un corpus común que evite las guerras entre religiones (alude entre otros a la tragedia del 11 S y a los fundamentalistas de diferentes bandos). Todo esto me suena a la “cienciología”.
El irriosorio apéndice “Experimentos que podrían demostrar la existencia de una función espiritual” es un pésimo colofón para este libro. Que lo dicho, dejarse leer, se deja leer.
Yo me considero “humanista racional” (que el autor confronta a agnósticos y ateos) y las ideas expresadas en el libro no me desagradan, pero en el presente estado de la ciencia son sólo pseudociencia. Aún así, prefiero las ideas de Alper a las que sugieren el “carnicero” von Daniken y sus seguidores sobre unos extraterrestres que convirtieron a los monos en hombres para usarlos de esclavos, se les escaparon de las manos y acabamos surgiendo nosotros (el único animal de inteligencia probada (por él mismo) sobre la Tierra

Las emociones moldean a las neuronas

Durante los primeros 28 meses de su vida, Simona Young languideció en un orfanato rumano. Estaba sola en la cuna hasta 20 horas diarias, succionando alimento de botellas frías colocadas sobre su minúsculo cuerpo. Levantaba el torso apoyándose en los delgados brazos y se balanceaba durante horas intentando calmar el doloroso vacío que había sustituido a su madre. Ahora tiene seis años y corre, habla y canta como otros niños de su edad. Desde que fue adoptada por una familia canadiense, en 1991, sus progresos han sido constantes. Pero Simona todavía sufre rabietas, tiene dificultades para seguir instrucciones orales y se marcha con cualquier extraño que le diga palabras amables.
Genes, capas de tejido y experiencia
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De los 44 huérfanos rumanos que, como Simona, fueron adoptados, 30 experimentaron un año o más de privaciones profundas en el orfanato; el resto fueron adoptados con un mes o dos. Los psicólogos de la Universidad Simon Fraser (Canadá) están comparando ambos grupos de niños para contestar una pregunta muy antigua: ¿puede el amor superar un mal comienzo?
Los científicos están abordando estas preguntas con las herramientas de la neurología: ¿Hay periodos críticos muy tempranos para el desarrollo emocional? ¿Cómo forma la experiencia los circuitos cerebrales? En palabras de Carla Shatz, bióloga del desarrollo en la Universidad de California en Berkeley, "el sistema nervioso no espera al nacimiento para dar a un interruptor y ponerse en marcha".
En la década de los ochenta, David Hubel y Torsten Wiesel descubrieron que la visión no se desarrolla con normalidad en los gatos si no se producen las conexiones entre el ojo y el cerebro en un periodo de tiempo crucial en la primera etapa de su vida. Los gatos a los que se mantuvo cerrado un ojo después de nacer no desarrollaron las conexiones habituales entre ese ojo y el área visual primaria del cerebro. Pasado ese periodo de varias semanas, los gatos no veían con el ojo que habían tenido cerrado aunque era normal.
Los 'pequeños salvajes'
El oído y el lenguaje también se desarrollan durante periodos críticos, según Shatz. Un bebé japonés puede distinguir entre la "r" y la 'l', pero como el sonido 'l' no existe en japonés, pierde esta capacidad pasados los tres años. Después de los 10 años, la mayoría de las personas son incapaces de aprender a hablar otro idioma sin acento. Cuando no se les expone a alguna forma de lenguaje antes de los cinco años, los niños sordos se comportan como si fueran retrasados. Los llamados niños salvajes, que han crecido sin contacto humano, nunca aprenden a hablar con fluidez.En los últimos años, la búsqueda de periodos de desarrollo cruciales se ha extendido a otros sistemas biológicos del cerebro. Todos los animales, incluidos los humanos, desarrollan en una fase temprana de la primera infancia un punto de control que determina la cantidad de las diferentes hormonas de estrés que liberará en determinadas condiciones, según Michael Meaney, de la Universidad McGill (Canadá). Él afirma que los animales que experimentan un nivel de estrés elevado en su primera infancia desarrollan un sistema muy reactivo, mientras que los animales criados en relativa calma tienen sistemas más tranquilos.
Myron Hofer, del Instituto Psiquiátrico del Estado de Nueva York, ha encontrado numerosos moduladores ocultos en la reacción madre-bebé. Por ejemplo, cuando una rata lame a su cría influye en el establecimiento de su ritmo de pulsaciones, su temperatura, su crecimiento, su sistema inmune y otras características fisiológicas. Otros investigadores están estudiando cómo el contacto físico de una madre contribuye literalmente a modelar el cerebro de su cría. Cuando se impide que las ratas laman a sus crías entre los siete y los 14 días de edad, éstas desarrollan menos receptores hormonales en el cerebro. Al carecer de estímulo en este periodo crucial no crecen con normalidad, aunque en sus organismos circulen cantidades adecuadas de hormona de crecimiento y de insulina.
Hofer afirma que las madres humanas proporcionan moduladores similares al mecer, tocar, sostener en brazos, alimentar y mirar a sus bebés. En los primeros seis meses de vida, el bebé establece una representación mental de su relación con la madre", dice. "Estas interacciones regulan los mecanismos neurológicos del niño para su comportamiento y para los sentimientos que se empiezan a desarrollar en ese momento".
Menos conexiones nerviosas
Si estos primeros meses de vida son tan importantes, ¿qué ocurre en el cerebro del bebé? ¿Qué cambios se producen? Según Harry Chugani, de la Universidad de Michigan, el cerebro de un recién nacido tiene menos sinapsis conexiones entre células nerviosas que el de un adulto, y lo mismo ocurre con la complejidad de las dendritas, o ramificaciones. Pero el número de sinapsis alcanza niveles adultos a los dos años y sigue aumentando, con lo que entre los cuatro y los 10 años supera con mucho la cifra adulta. Después, la densidad de sinapsis disminuye y vuelve a los niveles adultos alrededor de los 16 años. A la vez que el crecimiento explosivo de las sinapsis, se produce una poda de las conexiones no usadas.¿Hay periodos de tiempo limitados en la primera infancia en los que se establecen permanentemente los circuitos emocionales? Según Alkon, muchas de las reflexiones son todavía especulaciones. "Pero sí que sabemos que los niños aprenden a confiar y a sentirse valorados en los primeros dos años", dice. "Cuando un padre o una madre dedican poca atención al bebé, le condicionan hacia el aislamiento".
Las imágenes obtenidas con tomografía por emisión de positrones (PET) muestran que el córtex frontal experimenta una gran actividad metabólica en los bebés de entre seis y 24 meses, y de nuevo durante la pubertad. El lóbulo frontal izquierdo se activa cuando una persona siente felicidad, alegría o interés, mientras que el lóbulo derecho está asociado con sensaciones negativas. Los bebés cuyas madres sufren depresión grave muestran una actividad reducida en la región frontal izquierda; la actividad en el lado derecho aumenta, lo que significa que los bebés son vulnerables a las emociones negativas. "Puede haber un periodo crucial para el desarrollo emocional entre los ocho y los 18 meses", afirma Geraldine Dawson. "Ése es el periodo en que los niños aprenden a regular las emociones".
Copyright The New York Times.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

La conciencia y el alma tienen bases neurológicas

Tiempos difíciles para el alma humana, que no existe como algo sobrenatural, según el famoso científico británico Francis Crick, Premio Nobel 1962, que hace poco más de medio siglo anunció con el norteamericano James Watson un descubrimiento genético destinado a revolucionar el mundo: la estructura del ADN, la doble hélice que contiene los secretos de la vida. La conciencia, afirma ahora Crick en la revista Nature, es "una banal fusión de neuronas del cerebro".
Nature fue la misma revista que en su edición del 25 de abril de 1953 publicó el artículo del descubrimiento del ADN, el ácido desoxirribonucleico, que encierra los misterios de los genes humanos. Crick y Watson habían escrito a comienzos de marzo un artículo de apenas 900 palabras, que Nature publicó en una página y que sólo el diario News Chronicle saludó brevemente el 26 de abril con el título "Más cerca del secreto de la vida".
Cincuenta años más tarde, Francis Crick (1916-2004), lanzó las bases de un nuevo descubrimiento destinado a desatar grandes polémicas. El impacto esta vez fue enorme y en la prensa británica fue considerado "la madre de todas las batallas entre ciencia y religión, entre pruebas tangibles y el reino de la fe".
Crick sostiene en un artículo de Nature Neuroscience que en el cerebro humano hay un grupo de neuronas que son el origen de la conciencia y del alma. El científico británico abandonó los estudios de genética después del gran descubrimiento del ADN y tras dedicarse a investigaciones de biología celular y evolucionista, desde 1976 se dedicó al cerebro humano, a buscar las bases científicas de un objeto tan intangible como es la conciencia.
Si su negación del carácter sobrenatural del alma se confirma "sufrirá un grave golpe el reino del Divino", señala un diario italiano. Crick destaca que lo que afirma es el resultado de investigaciones y búsquedas en el inconsciente que ha realizado durante muchos años para individualizar cuáles son los mecanismos científicos de la conciencia.
Hace tiempo que Francis Crick escribe y reafirma que "la convicción científica es que nuestras mentes, el comportamiento de nuestros cerebros, pueden ser íntegramente explicados por la interacción de las células celebrales".
El profesor de ciencias neurológicas del Instituto de Tecnología de California Christopher Koch, coautor del estudio con Crick, dice que "es evidente que la conciencia nace de reacciones bioquímicas del cerebro".
Ambos describen en la investigación los mecanismos a través de los cuales distintas partes del cerebro humano se funden las unas con las otras para crear "un sentido de conciencia".
Es lo que los creyentes llaman el alma, afirman. "Por primera vez tenemos un esquema coherente de los correlatos neurales de la conciencia en términos filosóficos, psicológicos y neurales".
De inmediato les respondió el reverendo Michael Reiss, religioso y científico a la vez, profesor de la Universidad de Londres, quien redujo al mínimo la magnitud del descubrimiento: "Lo que Crick ha descubierto son los componentes neurológicos de la conciencia. Es como decir que una catedral es un conjunto de piedras y vidrios. Cierto, pero se trata de una constatación simplista."
Francis Crick siguió adelante (hasta su muerte) con sus investigaciones en el instituto californiano que lleva el nombre de Jonas Salk, el descubridor de la vacuna contra la poliomielitis. Los resultados publicados en Nature concluyen años dedicados a demostrar que "un día la humanidad aceptará el concepto de que el alma y la promesa de la vida eterna no existen, así como hace siglos debió aceptar que la Tierra era redonda".
Si Crick ha causado un nuevo impacto a nivel mundial en medio de las celebraciones del medio siglo del descubrimiento del ADN, el otro Premio Nobel que compartió con él la gloria, James Watson, también causó sensación cuando, entrevistado por la BBC de Londres dijo que la estupidez humana es una enfermedad y que por lo tanto puede ser curada.
Una interesante aunque preocupada respuesta del lado de los creyentes a los filósofos de la mente, a los neurocientíficos y a los teóricos de la inteligencia artificial la ha dado el joven estudioso italiano Andrea Vaccaro, con su libro ¿Por qué renunciar al alma? Vaccaro sostiene que es formidable el intento de abolir el alma, sobre todo por corrientes de pensamiento que predominan en Estados Unidos y Gran Bretaña.
El estudioso italiano destaca que las neurociencias han convertido lo que antes se llamaban "estados de ánimo" en "estados químicos regulables farmacéuticamente", y que "apuntan a demostrar que las funciones hasta ahora atribuidas al alma "humores, sentimientos, autoconciencia, intuiciones" son en realidad operaciones del cerebro".
El grito de alarma de Vaccaro es que se propone censar esas operaciones para "mañana reproducirlas artificialmente". El alma se convierte así "en un concepto superfluo. Para explicar al hombre es suficiente conocer en detalle su cerebro, que no tiene ninguna posibilidad de sobrevivir a la muerte".
La embestida encuentra mal parados a los hombres de la Iglesia y a los teólogos. "Y esto es riesgoso", afirma Vaccaro. La Iglesia "corre el peligro de retirarse a la aldea del alma", cuando es esencial para el cristianismo, porque es la huella que Dios ha dado al hombre. El alma "no es, como piensan los neurofilósofos, una perfecta y exquisita danza neurocomputacional".